El metro de Quito es relativamente nuevo. Fue una buena experiencia, muy limpio, bastante amplio, y en menos de 10 minutos ya estaba llegando a mi destino.
Subí a la calle sin saber hacia dónde ir. Ruido de taxis y microbuses. El sol pegaba fuerte, autos y motos pasaban, la gente hacía su vida normal. Necesitaba agua pero los locales solo recibían efectivo, y no tenía monedas. Miré un cartel: "Continental o Completo". Ni idea qué eran. Me puse el jockey en una sombra y dudé de si iba en la dirección correcta. Caminé en una dirección, luego en otra. Hasta que amplié la vista y vi asomar una parte de la Basílica. Entonces supe hacia dónde ir.
Subí la calle lentamente. La altura me obligaba. Otras personas pasaban como si nada, haciendo trámites, viviendo sus días. Con cada paso la Basílica se hacía más grande. Cuando llegué a la entrada y vi la plaza, me sentí diminuta.
Di un par de pasos, y al interior había una capilla donde se estaba iniciando una misa, me llamó la atención porque eran las 11 de la mañana de un lunes, siento que no es muy común. Me senté al final para pasar desapercibida, y observar unos minutos, habían cerca de 15 personas, de diferentes edades, pero en su mayoría 60+.
Seguí el recorrido viendo los vitrales, pero también mirando por dónde se accedía al piso superior, llegué a un pequeño patio interior, no se si realmente debía estar ahí, miré un poco y busqué la próxima puerta. Era una más grande y que llevaba a un espacio mucho más amplio.
Las torres tienen una altura de 115 metros, una vez ahí puedes subir por una pequeña escalera metálica, la cual descarté subir porque ya me parecía que era muy vertiginoso. Por supuesto que hubo gente más osada que subió y bajó sin problema.
Este punto de conexión de torres es uno de los más fotografiados para redes sociales, porque en el centro hay una ventana redonda con un “rosetón”, que es un vitral que cubre una superficie de 100 metros cuadrados. Es muy impresionante por su tamaño, pero también por el nivel de trabajo que debe haber significado, está inspirado en la flora ecuatoriana, con esta decisión se despojan del diseño medieval europeo, haciéndolo propio.
Cuando terminé el recorrido tomé otra salida, habían muchas personas llegando, varios idiomas y acentos, pero todos con caras de asombro ante la inmensidad.
Caminé hasta llegar a la plaza que era mi punto de referencia, y en la próxima cuadra debía llegar a la Iglesia Compañía de Jesús. Esa parte del centro me pareció que era muy similar a lo que vi en Lima, una plaza con harto verde, limpia, gente pasando, y con bastante resguardo policial. Pensé que me pasaría lo mismo que con la Basílica, y que vería la iglesia asomarse entre los edificios, y no fue así.
Una vez salí de ahí, tomé distancia para apreciar la fachada de la iglesia. Construida en piedra gris de origen volcánico en el siglo XVIII. Lo que llamó la atención y me confundió, es que tenía una reja cerrada, pero de altura media. Pregunté a una señora y me dijo que para visitar solo debía esperar en la reja a que alguien me abriera. Y cuando ingresé entendí que ese resguardo, tenía relación con el valor patrimonial y control de ingreso, en las afueras hay comercio ambulante.
Para mi fortuna ingresé con un grupo de personas y nos asignaron una guía, entonces el recorrido tuvo mucha más información y detalle sobre la iglesia. Una de las primeras cosas que nos dijo es que la iglesia no está bañada en oro, son láminas tan finas que apenas pesan, éstas recubren el tallado. El sentido de esto es que la luz se refleje en el metal y la iglesia parezca iluminarse desde dentro. Y debo decir que se logró el objetivo, es muy impactante el brillo, y al ser dorado no es algo que incomode, al contrario, se ve tan cálido como impresionante.
Nos contó también que la construcción se realizó durante 160 años, lo que significa que participaron varias generaciones de artistas indígenas, y que por lógica, quien puso la primera piedra no vio la obra terminada. Otro punto que me llamó la atención, es que luego del incendio realizaron una restauración, pero intencionalmente dejaron una figura quemada en el techo a modo de recordatorio de lo vivido.
Mientras salía, volteé a mirar el oro que brillaba bajo la luz. La guía había explicado técnicamente de dónde venía, cómo se había hecho, cuánto tiempo tomó. Pero nadie respondió la pregunta que importaba o la más incómoda: ¿quién extrajo el oro y a quién le pertenecía antes de que la Iglesia decidiera que era suyo?.
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