Viernes ya con mi amigo desocupado de su trabajo, decidimos salir a tomar algo, pasamos a buscar a su amiga y nos dirigimos al Puerto Santa Ana, un sector bien lindo con un paseo en el muelle a orillas del Río Babahayo. Con muchos restaurantes, bares y cafecitos bien pipirisnais.
Los locales estaban en su mayoría llenos, gente de diferentes edades, incluso algunas familias con niños, un sector bastante seguro, había presencia policial en varias esquinas, y los estacionamientos estaban full.
Caminamos para entrar a algún bar. Había uno que mi amigo conocía y realmente se veía bueno, pero estaba lleno, estaba tocando una banda tipo punk/rock de mujeres. Entramos al siguiente en la lista, uno que había cambiado de nombre recientemente, entonces realmente no sabían cómo estaría.
Desde que dejamos el primer bar, el que realmente queríamos conocer, la noche empezó a desviarse de lo que imaginábamos.
Visto desde la entrada se veía tranquilo, me dio una sensación de un lugar donde podría escuchar algo más rock, o pop/indie en el mejor de los casos. Había dos hombres que antes de pasar nos dijeron que no se pagaba entrada, pero que debíamos consumir 10 dólares cada uno.
Hasta ahí todo bien.
Avanzamos por un pasillo largo, con luz exterior que cruzaba todo el jardín hasta ingresar al local. Cuando estábamos terminando ese pasillo empecé a escuchar que sonaba Shakira, la canción que tiene con Alejandro Sanz, que es movida, simpática incluso, pero que no sonaba a lo que yo esperaba.
Llegamos y había una luz baja, tirando a tonos rojizos, azules, las mesas estaban llenas, gente adulta tomando, riendo, conversando, en modo jolgorio. Nosotros veníamos más apagados, en otro mood, pero bien.
No habiendo lugar en ese primer piso, decidimos subir al segundo, y aquí mis posibilidades de escuchar otra música se fueron a Chile. Sonaba un reggaeton antiguo, old school total. Las mesas con vista al río estaban ocupadas, y quedaban las del centro desocupadas.
El mesero se acerca, nos pasa unas cartas y se va.
A ninguno le gusta esa música, mi amigo se veía incómodo, y su amiga estaba a gusto, sonriente, disfrutando, yo también lo estaba, pero no entendí si no nos podíamos retractar e irnos para buscar otro.
La música estaba fuerte, y había luces discotequeras, hacía pensar que se armaría una pista de baile, pero la gente estaba simplemente conversando y tomando. Una pareja se va, pero antes se dan un beso tremendamente apasionado.
Para comer tenían pizzas de diferentes tipos, y gran variedad de tragos. Pero no me pareció un lugar confiable para probar un cóctel, la vida misma me ha enseñado que a veces hay que recurrir a la vieja confiable, una cerveza en botellín que nunca defrauda. Así que bueno pedí una de marca Pilsener, mi amigo fue más atrevido y pidió una copa de sangría, y la amiga una copa de vino rosé de marca “Tres Medallas”.
Con este pedido se empezó a configurar algo, el chico nos queda mirando y dice ¿de qué tipo la pizza?, lo miramos con cara de extrañeza y le aclaramos que no era ninguna pizza, y corrigió que se trataba de una pilsener. Yo este malentendido lo asumí como un error no forzado, porque la música estaba fuerte, entonces natural que no escuchara bien. Luego continuó aclarando el pedido y dijo ¿una copa de sangría o jarra?, ok, una copa. Y cuando confirmó la copa de vino, dijo “No hay vino por copa”, y la amiga dijo “pero aquí dice vino por copa”, y ahí el mesero rectificó señalando que el Tres medallas era botella, la copa era un vino de la casa, pero que iba a preguntar cuál.
Regresó el mesero sólo con mi cerveza, y con más preguntas que respuestas, dijo “hay vino por copa, le traigo ese?”, sí, respondió la amiga. Luego llegó con la sangría y la copa de vino.
Mi amigo probó la sangría, que al verla parecía agua con vino, no tenía el típico color tinto, y estaba bastante desabrida, con unos trozos de manzana flotando en la copa.
En tanto el vino de ella, era un vino tinto, entonces claramente no era el rosé Tres medallas que ella esperaba, y ella le dice al mesero ¿pero es el tres medallas?, y él dice “sí”, con toda seguridad, y se fue. Mi primera reacción fue decirle que devolviera el vino, porque evidentemente no era lo que ella pidió. Y además, cuando probamos el vino, estaba “picao” como se dice en Chile, malísimo. Yo, sin tener arte ni parte, dije hay que devolverlo, primero mintió diciendo que era Tres medallas, y además está malo.
Ella dijo sí, haré lo que dice Nati, pero mi amigo insistió en dejar la copa de vino en la mesa.
Después entendí, cuando lo quiso usar para “mejorar” la sangría, no funcionó.
La amiga se dispuso a revisar la carta, para reemplazar la copa de vino, y no habiendo aprendido la lección, pidió un daikiri de fresa. A lo que el mesero, con una cara un poco confundido, dice “ya voy a preguntar”, me pareció extraño, pensé quizás no hay fresas, pero porqué no decir eso?.
El chico vuelve a los 5 minutos, con un pocillo con fresas cortadas, yo miré con cara contrariada, pero con una risa contenida, mi amigo se rió disimuladamente y le dijo “no, no, era una daikiri de fresas”, el mesero que era un joven de unos veintitantos, se puso nervioso y se fue con el pocillo.
Esperamos a que se perdiera de vista para soltar las risas, a mi me dio ternura y pena, tipo pobre chiquillo, está sordo de estar al lado del parlante, que a esa altura seguía mezclando a Daddy Yankee y Don Omar.
A los minutos, vuelve con el esperado daikiri de fresa. Yo al verlo pensé que era otra cosa, venía en un vaso bajo, ancho, como los de pisco sour catedral, con azúcar en el borde, y con muy poco color. Nos reímos diciendo que habían usado las fresas del pocillo para ponerlas en el vaso. Nuevamente todos catamos el cóctel, no estaba malo, pero definitivamente no era un daikiri.
Pasaba la hora y seguíamos ahí, conversando, contando historias. Luego pidieron la última ronda, yo seguí apegada a mi ley, y repetí la cerveza, mi amigo también, y la amiga le dio otra oportunidad al barman, pidió un mojito de limón.
Esta fue la única ronda que resultó a la primera, el chico anotó, y llegó con todo. El mojito no era malo, pero tampoco era la gran cosa.
La música del primer piso se mezclaba con la del segundo, y ahora había una banda tocando, sonaba “Las seis” de Joe Vasconcellos.
Ninguno de los tragos justifica volver. Tampoco el servicio. Ni la música. Pero, curiosamente, si me preguntaran qué recuerdo de esa noche en Guayaquil, no hablaría del malecón ni del bar. Hablaría de un mesero que llevó un plato de fresas cuando le pidieron un daiquiri y de tres personas que decidieron reírse en vez de arruinarse la noche.

Comentarios
Publicar un comentario